LA VIDA EN MIS ZAPATILLAS

Durante toda mi vida, he practicado multitud de deportes: Piragüismo, Judo, Fútbol, Baloncesto, balonmano…

En todos ellos apuntaba a algo, de pequeño era el mamalón de mi clase, grande y gordo como yo sólo. Cuando llegaba por primera vez a las pistas rivales, se escuchaba el murmullo: cuidado con el Grande.

Al final el grande era sólo eso muy grande, pero poco más…

Siempre me faltó mala leche y espíritu ganador, se notaba que mis abuelos eran panaderos, porque era un pedaciño de pan, hasta pedía perdón a mis rivales cuando les hacia falta.

Van pasando los años y te das cuenta de que lo bonito del deporte, no son los triunfos ,que también lo son, sino los amigos y experiencias que vas dejando allá por donde vas.

Hace ahora casi dos años me casé con la mujer de mi vida, ese día me prometí que iba a ponerme en forma de verdad por primera vez en mi vida, siempre solía ir a correr pero al cabo de unos días debido a que siempre estaba gordito, mis rodillas acababan diciendo PARA.

Fue por ello que me gasté mis cuartos y me cogí unas zapatillas que fueran las apropiadas para mi, para personas de más de 80 kilitos.

Aquí empieza mi historia,LA VIDA en mis ZAPATILLAS.

Fue calzarme las nuevas zapas y empezar a hacer kilómetros, había desaparecido cualquier dolor y lo que era mejor, mi barriga bajaba poquito a poco y cada día los tiempos eran mejores.

La verdad, parece mentira el cariño que puedes llegar a cogerle a unas simples zapatillas. Pero al igual que los amigos que se hacen cuando formas parte de un equipo. Con ellas me adentré en el fabuloso mundo del running, corrí mis primeras carreras, compartí entrenamientos y vivencias con amigos. Durante ese año corrí más de 1000 kms. que para mi era la releche.

Aunque parezca mentira estaba naciendo un vínculo especial con mis zapatillas, cada vez que salía a correr, tan sólo existía la carretera y ellas, mis compañeras de viaje.

Mucha gente que lea esto, pensará que historia más ñoña manda este tio, sin embargo esto no es así…

Al poco de casarnos, nos llegó la noticia más bonita de nuestras vidas, íbamos a ser papas.

Durante los 9 meses siguientes, ya no éramos sólo 2, ahora salíamos 4 a andar. Mi mujer, mi bebe, yo y ellas, las zapas.

Fueron testigos directas de todos los avances que iban desarrollándose en el interior de mi mujer, cuando iba sólo, estaban ellas para darme impulso para ser más fuerte que nunca.

En Septiembre nació mi peque y mis fieles amigas, quedaron relegadas a un segundo plano, cada vez las sacaba menos, empezaban a verse más viejas y gastadas…

A mis pequeñas no les podía hacer eso, a ellas no.

Un día fui hasta Trinity y Chema me comentó lo que debía de ser durabilidad media de unas zapatillas, explicaba que podían llegar a durar hasta 800 kilómetros, aunque muchas veces suele ser mucho menos, decía que aunque por fuera la apariencia fuera de nuevas, lo importante era la amortiguación que se iba gastando y perdiendo eficacia.

Me fui para casa y al volver, pensaba sobre ello, me daba pena pensar que “las pequeñas” estaban llegando a su fin.

Tan pronto llegue a casa, me dije esto no puede quedar así, mis zapatillas merecen una despedida digna.

Fue por ello que durante el mes siguiente corrí como nunca, visitamos juntos los sitios más bonitos de la comarca, el monasterio de Caaveiro, vimos juntos los atardeceres en Cabañas, dimos la vuelta a la ría pasando por las calas más íntimas y bellas…

Ahora si que habían llegado a su final, como todo en la vida a todos nos llega nuestro día.

Quiero decir que no las tiré, las tengo bien guardadas como mi particular tesoro.

Cuando mi hija crezca se las enseñaré y le diré: éstas fueron tus compañeras de viaje cuando estabas en la barriguita, éstas fueron las causantes de que hoy correr sea tu pasión, estoy seguro que en mi vida habrá cientos de nuevas zapatillas, pero estoy seguro que los momentos que pasé con éstas, no se repetirán jamás.

Gabriel